Contrapunto: Jazz al sur y norte del profundo sur
Por Eliseo Cardona
Crítico de Música El Sentinel
5/28/2005
Pocos le tienen fe a Miami cuando se habla de jazz. Yo tampoco se la tengo. La ciudad, que es una metáfora aparatosa de Latinoamérica, suele mostrar su rostro más auténtico cuando se la pone a rumbear. Aunque sea con una rumba de pacotilla. Corrijo: sobre todo con una rumba de pacotilla. (Aquí lo mejorcito siempre tira hacia lo peorcito).
No sorprende entonces que cuando se habla de música clásica, trova, música de vanguardia o jazz -- por citar a grandes rasgos --, se habla de un exotismo. Peor: la caricatura de un exotismo. En otras partes estas músicas si bien no tienen un extraordinario poder de convocatoria, tampoco sufren la vergüenza de la indiferencia. A quienes programan conciertos de jazz en Miami, por ejemplo, se les mira con más sorna que algunos nuevos ricos de Coral Gables que ponen el aire acondicionado de sus casas a todo dar para poder encender la chimenea.
Pero no hay que quejarse. Los seguidores del jazz también tienen lo suyo. Ya se sabe, proclamar la muerte del jazz es una tradición del género. Aunque hay quienes se empeñan en mostrar su vitalidad. Es el caso de dos pianistas de formaciones opuestas, que el pasado fin de semana mostraron en sendos conciertos que esta es música de espíritu universal.
El primero, Bill Charlap, ofreció un luminoso recital como parte del Festival Internacional de Piano de Miami, una actividad dedicada a la música clásica y tal vez la única cuyos organizadores anuncian sus asuntos en periódicos de Mongolia (para nadie se entere, ni siquiera los mongoles).
Lo que explicaría que la sala del Lincoln Theater estuviese a medio llenar. Algo que importó poco a Charlap, un pianista correctón en su apariencia y modales, pero de interno fuego lento en su estilo. Charlap tiene 38 años de edad, tres cuartas parte de los cuales los ha dedicado a estudiar con un rigor casi académico el llamado American Songbook vía Tim Pan Alley y Broadway.
De hecho, su padre, Moose Charlap, fue un compositor menor del teatro neoyorquino que cultivó en Bill el gusto por la múisca de George Gershwin, Jerome Kern, Harold Arlen o Alec Wilder, entre muchos otros.
El pasado viernes 20, Charlap despachó más dos horas de piano en solitario, ilustrando la historia del instrumento y recontextualizando clásicos como A foggy day, Between the devil and the deep blue sea, The nearness of you o The way you look tonight.
En cada pieza dejaba la melodía como en un suspiro, una insinuación, mientras construía improvisaciones con una soltura que parecía calculada, haciendo uso de los rubatos, la disonancia melódica, los clímax con acordes progresivos. Cierto, no hay suciedad ni nada dejado al azar, y sin embargo todo suena espontáneo y elegantemente popular. Era como comerse un McDonald con cuchillo y tenedor.
Mucho más al norte de este profundo sur, en Fort Lauderdale para más señas, el jazz se respira con más naturalidad. El doctor Ronald B. Weber, presidente de la organización South Florida Jazz le ha apostado tanto a esta música que ha terminado por recibir un respaldo incondicional de los residentes del condado de Broward.
Bastaba con asistir al concierto que organizó con el vibrafonista norteamericano Gary Burton y el pianista japonés Makoto Ozone. Si Charlap presentó el jazz como un encauce natural de Broadway, a Burton y Ozone se les antojó música clásica del siglo XX.
Comenzaron con un Afro Blue (Mongo Santamaría) más correctón que persuasivo, pero luego se sumergieron en tangos (Early, Branca), swing (Opus Half, Airmail Special), postbop (Bag's Groove) y hasta smooth jazz (Gorgeous). Burton lo llevaba todo a terrenos cameráticos, mientras Ozone se deleitaba en hacer diabluras, cambiando de bebop a stride, de blues a rag, de boggie a impresionismo.
El todo del concierto mostró que la música debe serlo sin apellidos.
Lo demás, son cuentos chinos. O japoneses.
Puede comunicarse con Eliseo Cardona a ecardona@elsentinel.com